Tengo sesenta y tantos, visto de azul electrico.
Las comisuras de mis labios no son impedimento suficiente para pintar mi boquita de rojo, mi piel es un poco amarillenta y mis mejillas están ruborizadas; quizás por el alcohol que hay en mi sangre, pero jamás por la verguenza de la situación.
Tengo los ojos fijos en el horizonte, sé bien lo que estoy mirando.
Mi pelo negro está sujeto en mi nuca y en mi mano tengo una copa, con un brebaje tibio, café, híbrido de un trago de la época y unas pastillas molidas que agregué para dormirme.
Sé que no voy a despertar de nuevo así, con este vestido azul de señora.
Este es mi último instante en esta vida, en esta mesa color tabaco oscuro, con dos hombres de trajes levántandose de sus puestos, ellos han venido a cerrar un negocio, nada más que eso, han de vender mmis posesiones en mi cara, porque saben (lo han leído en mis ojos) que he decidido no despertar más en esta vida.
Tengo la mirada fija en el horizonte y reconozco esos ojos, son los míos, los actuales y ella, que soy yo misma me está mirando, proyectándose de manera sublime en mí, porque yo soy la segunda o qui´zas tercera expresión de una misma vida a la que ya le encontré pasado.
lunes, enero 19, 2009
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