domingo, junio 22, 2008

Introscopia 56

Fué tu lengua el huracán que desordenó mi vida, fueron tus manos las navajas que cortaron mis limitaciones y tus brazos el refugio frágil de mis incompetencias malnacidas.
Fueron tardes enteras que a mí más me parecieron siglos, las que estuve con las manos atadas a la espalda, con los ojos siempre llorosos y la boca siempre herida.
Fueron tardes enteras en las que fuí voluntariamente tu rehén, en las que tu miedo me impulsaba a cuidarte y tu ira revoltosa a necesitarte.
Era la luna la que escuchaba el ruido electrizante de nuestras conexiones sobrenaturales y nuestros besos, y nuestras risas y nuestros besos, y nuestrso abrazos y nuestros besos, y nuestros golpes adrenalínicos y nuestros besos.
Era el sol el que jamás se atrevió a aparecer cuando quemábamos los hospitales con sólo tocarlos, cuando quebrábamos los postes de luz con sólo pensarlo y destruíamos la tierra que nuestros pasos tocaban. Porque fuimos eternos.
Fueron eternas las veces en las que te quise tanto y en las que tanto me quisiste tú.
Míranos ahora, ha pasado tanto tiempo, yo ya no soy la adolescente terrorista que solía ser y tu dejaste de ser el caótico antisocial al que admiré tanto.
Ya no somos más lo que eramos. Ya no soñamos con matarnos el uno al otro, ya no anhelamos morir con nuestros nombres esculpidos en nuestras pupilas y nuestras sangres derramadas entre nuestros dedos entrelazados por siempre.
Aún así nadie podrá quitarnos jamás la sobredosis de lo que fuimos.

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